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ENCUENTRO EN LUXOR


Por esas extrañas coincidencias del destino, y porque en el fondo algunos lugares como el Museo Egipcio de Antigüedades de El Cairo, la meseta de Giza, o las librerias de Luxor son de visita obligada para arqueólogos, antropólogos, astroarqueólogos, piramidologos, y demás estudiosos del pasado, ortodoxos o heterodoxos, me encontraría con varios de ellos en nuestros respectivos viajes a Egipto. Y siempre es un placer coincidir con mi admirado José Miguel Parra o Ignacio Ares, en cualquier parte del mundo. Pero si es en Egipto, más.





Ambos pertenecen a la escuela egiptológica más “oficial” y académica. Y ambos conocen a la perfección la cultura faraónica. ¿Quién mejor que ellos para consultar las dudas que me angustiaban sobre la presencia de maquinas modernas en los jeroglífos egipcios? ¿Podrían los historiadores y egiptólogos “oficiales” darme una alternativa razonable a la hipótesis de la AAS para explicar que hace un helicóptero, un tanque, un avión y un submarino en el templo de Abydos? Y lo hicieron.

Pacientemente, Ignacio Ares me explicó como Ramses II, un faraón casi tan fecundo en la construcción de templos como en la procreación de descendencia, tenía la costumbre, como otros antes y después que él, de “apropiarse” de templos y monumentos construidos por sus predecesores. Para ello, lo que hacía era tapar el cartucho del faraón constructor del templo con un parche de argamasa, y sobre ese “parche” colocaba el cartucho con su nombre. Pues bien, según Ares, si superponemos los caracteres jeroglíficos del cartucho de Seti I con el de Ramses II, surgen esas formas caprichosas que, solo a ojos de un occidental contemporáneo, no familiarizado con la escritura jeroglífica, podrían parecer maquinas modernas. Fin del misterio.

La explicación parecía razonable, además no tenía ninguna razón para pensar que Ares, Parra, o cualquiera de mis amigos, arqueólogos, historiadores, egiptólogos, etc, me mintiesen. Sin embargo, como repite una y otra vez Grissom, el ficticio entomólogo criminalista de los CSI, los humanos se equivocan, las pruebas no. Así que intenté hacer un pequeño experimento para comprobar si la teoría de la superposición de cartuchos podía explicar realmente aquellos inquietantes jeroglífos. Se que parecerá un experimento absurdo y precipitado, pero a mi me sirvió para aplacar totalmente mis dudas. Compre un DVD en la misma tienda del hotel, que por cierto era un documental sobre los misterios de Egipto presentado por Omar Sharif, y le arranqué la parte de plástico transparente de la portada. A continuación, y tan toscamente como implica utilizar un cuchillo en lugar de unas tijeras, corté aquel plástico transparente en dos mitades iguales. Sobre una dibujé el cartucho jeroglífico de Seti I, amante sobrenatural de Omm Seti y constructor original de Abydos. En el otro dibujé el cartucho del usurpador Ramses II. Cuando coloqué una de las láminas de plástico sobre la otra, el resultado no podía ser más contundente. Ante mí aparecían milagrosamente el helicóptero, el tanque y las demás “máquinas modernas”.


Una extraordinaria coincidencia, un capricho del azar, una mala interpretación. Todo eso y mucho más. Pero una nueva clave. Porque a lo largo de mi viaje me encontraría una y otra vez con fenómenos similares. Supuestas pruebas irrefutables de la presencia de los “dioses” en el pasado de la humanidad, que fueron reinterpretadas por investigadores tan bienintencionados como yo, pero tan ignorantes a la vez del contexto donde se dieron. El contexto es vital. Y al final, por desgracia o por suerte, en la inmensa mayoría de los casos, las supuestas evidencias de los “dioses” se limitan a un conjunto de anécdotas, sacadas de contexto, recopiladas por coleccionistas de excepciones. Y un grupo de excepciones, no formula una regla.

Omm Seti no lo era. Omm Seti conocía la escritura jeroglífica tan bien como la literatura inglesa, y también conocía perfectamente la historia de Seti I y de su hijo Ramses II, y la afición de este a implantar su cartucho encima del de sus predecesores. Por eso Omm Seti, que escribió cosas mucho mas increíbles que Erich von Däniken y que también creía en la intervención de dioses extraterrestres en el pasado de Egipto, jamás vio un helicóptero, un tanque ni dos aviones en el templo de Abydos. Ella vería lo que realmente existía: dos cartuchos faraónicos superpuestos. Seamos sinceros ¿a cuantos supuestos misterios del pasado podríamos aplicar este mismo razonamiento?

Puede sorprender al lector, pero esa noche dormí más tranquilo. Es cierto que, como ex -creyente, me encantaría descubrir pruebas objetivas e irrefutables de la existencia de Dios o de los “dioses”. Me entusiasmaría poder descubrir evidencias incuestionables de la existencia del alma, de lo sobrenatural o de la vida más allá de la muerte, pero juro solemnemente que me gusta todavía más descubrir la verdad que se oculta tras un misterio y resolverlo. Sea cual sea. Estimulante o decepcionante, sensacional u ordinaria, revolucionaria o convencional. Prometo que me siento igual de capacitado para aceptar que civilizaciones no humanas influyeron en el origen de las culturas antiguas, como para asumir que somos los únicos habitantes del universo; me siento igual de dispuesto a creer que hay uno o varios seres superiores que crearon el mundo y a todos los seres vivos, como que Dios es solo una muleta espiritual para consuelo de nuestras conciencias; puedo encajar con la misma resignación que tras la muerte física la conciencia humana sigue existiendo, como que no hay ningún más allá... Pero necesito pruebas. O al menos argumentos lo suficientemente lógicos y razonables para convencerme. Por eso aquella noche taché de mi lista de misterios pendientes a las “maquinas” del templo de Abydos, y dormí un poco mejor. Aunque aún estaba por resolver el misterio de las “bombillas” de Dendera…



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