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TÚNEZ: A LA BÚSQUEDA DE LOS MAPAS DEL PADRE DONAIRE


La Biblioteca de Religiones Comparadas, perteneciente a la diócesis de Túnez, se encuentra en el mismísimo corazón de la medina tunecina, entre mil zocos, mezquitas y madrasas de intenso sabor árabe. Sumida en un laberinto inescrutable, imposible de recorrer sin perderse, ese «faro» cristiano ha perdido, con el paso de los años, su intencionalidad evangelizadora para convertirse en la actualidad en un maravilloso e imprescindible lugar de consulta, al que acuden estudiantes, estudiosos y buscadores de Dios de todo el mundo. 

Hasta veinte mil volúmenes sobre místicas, teologías y creencias de todo tipo, antiguos manuscritos, mapas, fotos, grabados y otros tesoros culturales reposan en sus archivadores. En las estanterías de esta biblioteca, y lejos de los dogmatismos y fanatismos de los hombres, conviven en paz biblias, coranes y talmudes. 


Antiguos tratados de poesía sufí comparten expositores con viejos textos budistas, recopilaciones de leyendas animistas, volúmenes teológicos cristianos o ensayos de mística judía... En una palabra, es uno de los mejores lugares del mundo para que alguien que busca la fe perdida comience su investigación. 

Antes de internarse en ese océano inconmensurable de callejuelas entrelazadas de la medina de Túnez, plagadas de olores, sonidos y colores, donde los reclamos comerciales de los fruteros se confunden con las llamadas a la oración desde los minaretes, y con el tintineo de las herramientas de los artesanos, esforzados en moldear el latón para convertirlo en un objeto seductor a ojos del turista, es recomendable tomar precauciones. 

Yo lo intenté atendiendo al consejo de otros viajeros, y seguí sus pasos hasta la Oficina de Turismo que se encuentra justo en el cruce de la avenida Mohamed V con la avenida Bourguiba, en pleno centro de la capital. Allí, en la plaza 7 de Noviembre, la colosal estatua ecuestre del «combatiente supremo» Habib Bourguiba, padre de la nación tunecina, ha sido sustituida por un enorme reloj en forma de faro. Y entre ese «monolito» del tiempo, que marca el inicio de la calle más turística de Túnez, y un singular edificio con forma de pirámide invertida, un hotel de lujo, se encuentra la Oficina de Turismo. 

A mano derecha y a apenas veinte metros, si partimos desde la plaza 7 de Noviembre. Allí facilitan a todo viajero que lo demande un plano de la ciudad y otro específico de la medina, aunque es probable que en el momento en que uno acude a solicitarlo ya no queden mapas en su idioma nativo. Yo conseguí uno en italiano, y con él me encaminé a las entrañas de la dudad vieja de Túnez.



Los taxis tunecinos son muy baratos. Los que tienen una banda roja realizan desplazamientos a larga distancia por todo el país, los que presentan la banda amarilla prestan servicio entre los emplazamientos rurales, y son los de banda azul los que cubren las ciudades. Y es costumbre que el viajero se siente al lado del conductor, si es un hombre, y en los asientos traseros si es una mujer. Ésta es una de las primeras cosas que salta a la vista del viajero curioso.

Son rápidos y relativamente cómodos, y con frecuencia son el mejor medio para moverse en la dudad e incluso en las afueras. Al menos hasta donde pueden circular, porque en algunos lugares, como en la medina, el tráfico de vehículos está muy limitado, y en la mayoría de los zocos es sencillamente inviable. Así que con mi flamante plano italiano, y con una copia del e-mail que me había enviado el padre Francisco Donaire, Paco para los amigos y para todos los demás, me metí en un taxi y le indiqué que me llevase a la plaza de la Casbah, en el extremo oeste de la medina.

Mientras Masel Halifa, cantante cristiano libanés, muy de moda en el mundo árabe, se desgañitaba a todo volumen desde la radio del taxi, abrí mi cuaderno de notas e intenté localizar en el mapa la dirección de la Biblioteca de Religiones Comparadas que me había facilitado el superior de los Padres Blancos en la calle Menorca, número 3, de Madrid, a quien había llegado a través de la Oficina de Misioneros de la Conferencia Episcopal Española. Calle Sidi Saber, número 7, Túnez.

Lo intenté y fracasé. El plano me parecía un galimatías con cientos de callejuelas entrelazadas, bautizadas con nombres incomprensibles, o lo que es peor, sin nombre alguno. Así que cuando me apeé del taxi, en la plaza de la Casbah, estaba tan perdido como cuando me subí a él en la avenida de Bourguiba. En esos casos uno sólo puede encomendarse a la Divina Providencia y echar a caminar.

No puede decirse que los zocos de la medina sean un lugar peligroso. Es cierto que existen pícaros, timadores y carteristas, como en cualquier mercado del mundo, pero desde luego menos que en cualquier mercado europeo. Así que, más que por temor al hurto, por no perder el tiempo aguantando a un pesado que me ofrecería una ruta guiada por los secretos de la medina, o una antigüedad púnica, o una noche de lujuria con su prima, o con su primo, por un módico precio, decidí prescindir de los servicios de los guías locales. En realidad se trata de jóvenes que patrullan las entradas a la medina, ofreciéndose a todos los turistas como acompañante, y que intentarán conducirnos a las tiendas, restaurantes o vendedores más caros donde desemplumarnos a cambio de una jugosa comisión.

Yo opté por acudir a una tienda en la que la dependienta presentaba un aspecto que inspiraba Confianza. Siempre ofrece más seguridad un negocio estable y asentado en un local, para pedir información, que un puesto de venta nómada o un vendedor callejero, al que no podrás volver a ubicar si surge algún problema. Así que esgrimiendo mi mejor sonrisa, entré para pedir que me indicasen sobre el plano cómo llegar a la calle Sidi Saber. El carácter árabe es eminentemente hospitalario y cordial, y aquella buena mujer, que como no podía ser de otra forma respondía al nombre de Fátima, me trazó amablemente la ruta que debía seguir en el mapa. Aun así me volví a perder. Una, dos y tres veces.

Después de la primera hora dando vueltas como un idiota por la medina, decidí relajarme y disfrutar del paseo. Los árabes, y la mayoría de las demás culturas del mundo, no terminan de comprender el estrés y las prisas con las que vivimos los occidentales. Si la Biblioteca Diocesana lleva tantos años en la calle Sidi Saber, probablemente aguantaría hasta que yo diese con ella. Así que me dejé llevar por la marea humana, literalmente... 




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