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LA LUZ IMPOSIBLE DE DENDERA


Continuando la travesía Nilo arriba dejamos a nuestra derecha la ciudad de Nag Hammadi. En este lugar fue donde san Pancomio fundó, en el 320 d.C., uno de los primeros monasterios cristianos de Egipto. Poco menos de medio siglo después, en el 367 d.C., los monjes locales copiaron unos cuarenta y cinco escritos religiosos diversos. Se trataba de los evangelios apócrifos considerados como las auténticas palabras de Jesús recogidas por la herejía gnóstica.

En aquellos antiguos evangelios gnósticos figuraban los evangelios de Tomás, Felipe y Valentín, el Evangelio de la Verdad, el Evangelio de los Egipcios, el Apocalipsis de Santiago, etc. Esta biblioteca fue cuidadosamente sellada en una urna y escondida entre las rocas, donde permaneció durante casi mil seiscientos años. En diciembre de 1945 el campesino Muhammad Alí As-Salmman encontró más de mil cien páginas de antiguos manuscritos en papiro enterrados junto a un acantilado en las afueras de la ciudad.


Los textos descubiertos en Nag Hammadi eran las traducciones, desde originales griegos al copto, realizadas por los monjes de San Pancomio. Fueron rescatados hasta trece libros o códices que incomodaron al Vaticano, tanto por su antigüedad como por la incompatibilidad de su mensaje con el magisterio de la Iglesia. La efectista película Stigmata se basó en estos pergaminos, considerados, junto con los manuscritos de Qunram, los textos antiguos más importantes descubiertos en el siglo XX.

Pero no se trata del único descubrimiento extraordinario e incómodo para el Vaticano hecho en la zona. En 1886 la expedición arqueológica francesa a cargo de Urbain Bouriant descubrió en Akhmim un texto tan extraordinario como los evangelios gnósticos. En realidad Bouriant descubrió fragmentos del Apocalipsis de Pedro y varios fragmentos del Libro de Henoc; pero lo más importante, ocho páginas del perdido Evangelio de Pedro.

Sabíamos que existía, porque el Evangelio de Pedro ya había sido mencionado por Serapión, obispo de Antioquía, en una carta a la iglesia de Rhossos. También lo cita el Decreto Gelasiano, De libris recipiendis et non recipiendis, del papa Gelasio I, y es comentado por Orígenes, Eusebio de Cesarea y hasta por san Jerónimo. Pero ni siquiera Bouriant había encontrado ningún ejemplar. Y no estoy seguro de que sea una casualidad, ya que en este evangelio perdido se describen escenas de la Pasión y resurrección de Jesús, así como sus primeras apariciones post morterm, que discrepan de la tradición cristiana, y sobre todo judía. La defensa que hace Pedro de Pilatos contrasta con sus ataques al judío Herodes. Ahora se conserva en el Museo de El Cairo. Hay otros evangelios de Nag Hammadi, como el de mi apóstol favorito, Tomás, pero merecerán atención posteriormente.

Y después de Nag Hammadi, un poco más al sur, y a unos noventa kilómetros de Abydos, llegamos a una zona del valle del Nilo repleta de pasado. A la izquierda Qena, la capital de la provincia, y a la derecha Dendera: el templo de la diosa Hator.

En la pared exterior del templo de Dendera existe un relieve de la diosa Hator, mujer con cabeza (u orejas) de vaca, protectora del amor. Todavía hoy —y esto es algo que hasta Omm Seti reflejó en sus diarios— peregrinan las mujeres egipcias (tanto musulmanas como coptas) para depositar ofrendas de hortalizas verdes y pedir el favor de la diosa faraónica en el amor o la maternidad. El culto a los antiguos dioses egipcios, aunque de forma clandestina, perdura en el siglo XXI.


Sin embargo, a mí no me hacía demasiada gracia desembarcar para visitar precisamente esa provincia, ya que el cocodrilo es el símbolo de Dendera, y aunque los cocodrilos han sido temidos en todo Egipto durante toda la historia, siempre existió la incomprensible superstición de que los nativos de Dendera eran inmunes, por alguna razón incomprensible, a los ataques de su santo patrón. Pero yo no soy de Dendera. No obstante, mi curiosidad siempre vence a mi sentido común. Además, en mi lista de enigmas pendientes constaba una cita con la diosa del amor, Hator, y su templo.

Muchos viajeros desfilaron por el templo de Dendera a lo largo de la historia. Desde el historiador y viajero griego Estrabón hasta el francés que describió los jeroglifos, Champollion, dejaron constancia escrita de la impresión que causó en ellos la belleza de este lugar. No obstante, el interés arqueológico es mayor aún que el estético. El templo de Hator está construido sobre los restos de un templo anterior, edificado por Amenofis III. No sólo las iglesias católicas se han construido sobre anteriores monumentos o templos paganos. Pero en este caso, además, hay que reconocer que sin duda la nueva construcción aventaja a la anterior, porque es difícil imaginar más perfección en los grabados y pinturas. Aunque, ojo, algunas no son auténticas.

Por ejemplo, en una de las capillas de Osiris, dentro de este templo, se encuentra el famoso Zodiaco de Dendera. Esta pieza, de dos metros y medio de diámetro, decora el techo de dicha capilla y supone uno de los mayores atractivos del templo para los visitantes. Sin embargo, no es el auténtico. El verdadero Zodiaco de Dendera se encuentra en el Museo del Louvre, adonde fue trasladado en 1821. Lamento decepcionar a los astrólogos, y también a los astrónomos, que consideran Dendera como uno de sus símbolos más queridos, porque, además, una mención al emperador Caligula descubierta por Champollion en el zodiaco auténtico del Louvre data la realización del mismo entre los años 37 y 49 d.C.; es decir, en una época mucho más moderna de lo que suponen los visitantes de Dendera.

Por supuesto, no podemos demostrar que el Zodiaco de Dendera no sea una copia tardía de un zodiaco anterior. Yo mismo he visto con mis ojos zodiacos muy similares, y muy anteriores, en otros países de Oriente Próximo. Sin embargo, el que fotografían compulsivamente todos los turistas que acceden a la capilla de Osiris no tiene más de doscientos años. Y no es la única cosa en Dendera que no es lo que parece...

En 1982 los astroarqueólogos austríacos Peter Krassa y Reinhard Habeck, dos muy jóvenes viajeros entusiastas de la teorías de Erich von Dániken, que buscaban en Egipto pruebas de la presencia extraterrestre, naturalmente las encontraron. Resulta francamente difícil visitar cualquier templo faraónico, e incluso casi cualquier resto arqueológico importante, y no encontrar alguna pintura, algún petroglifo, algún objeto, que no pueda ser reinterpretado desde ese punto de vista. Sobre todo si uno no es arqueólogo, antropólogo, paleontólogo ni está especializado en arte antiguo, como yo. Sin embargo, si somos honestos, pienso que una vez localizado ese sugerente vestigio arqueológico lo correcto es consultar el contexto geográfico e histórico en que se encuentra antes de precipitarse con hipótesis que se saltan a la torera la navaja de Occam.

En el templo de Hator, Krassa y Habeck se colaron por uno de los pasadizos que cruzan el subsuelo del recinto, como hemos hecho muchos jóvenes llevados por la curiosidad y el ansia de emociones. Ningún adolescente que no tenga horchata en lugar de sangre puede resistirse a la tentación de colarse por un agujero oscuro o introducirse en un túnel cuando visita los templos faraónicos. Así que, como debe ser, la curiosidad de aquellos jóvenes les llevó a escapar de las miradas de los guías turísticos y a explorar las tres criptas subterráneas que se encuentran en la parte trasera del santa sanctorum de Dendera. Y en la primera, empezando por la derecha, en el lado oeste del templo, se encontraron, entusiasmados, unos inusuales jeroglifos con una forma que recordaba inevitablemente a unas «bombillas» eléctricas. Los miembros de la Ancient Astronaut Society no tardamos en encontrar su descubrimiento reflejado en las páginas del Ancient Skies. Las fotos eran sobradamente elocuentes. Sobre todo si están publicadas en un boletín astroarqueológico en cuyas páginas compartirían protagonismo con la escena de Fergana, las «pistas de Nazca», el «astronauta de Palenque» o, sobre todo, las «pilas» de Bagdad.

A partir de ese momento las «bombillas» de Dendera se convertirían en el consorte astroarqueológico de las «pilas» de Bagdad en miles de artículos y libros sobre la supuesta presencia de los «dioses» extraterrestres en el pasado de la humanidad, ya que si los antiguos egipcios utilizaban «bombillas» necesitarían tener una fuente de energía, y ningún investigador heterodoxo del pasado dudaba de que las «pilas» de Bagdad eran esa fuente. Con este «matrimonio» se resolvía uno de los misterios que más se han expuesto en todos los libros sobre enigmas del pasado: ¿por qué ni en las tumbas egipcias ni en las criptas subterráneas, como la de Dendera, existían restos de hollín en los techos? ¿Cómo se iluminarían los artistas para esculpir la piedra con tanta maestría y para realizar aquellos grabados de detalles milimétricos sin luz? Los «dioses» del pasado habrían ilustrado a nuestros antiguos en el uso de la electricidad, y las «bombillas» y la «pila» parecían la prueba evidente. Sin embargo...

Para cuanto Krassa y Habeck publicaron su descubrimiento, las «pilas» de Bagdad ya eran un clásico de la astroarqueología. Halladas en unas excavaciones en Khuyut Rabbou'a (Irak), en 1936, en realidad se trataba de un recipiente de cerámica de unos quince centímetros de altura recubierto en su interior por asfalto. En su boca presentaba una varilla de hierro alojada en el interior de un tubo cilíndrico de cobre. Ambos elementos estaban fijados por un tapón asfáltico. Un hindú habría visto en aquel objeto la representación de sus familiares lingams y no habría ido más allá. Pero no fue un hindú quien lo descubrió. 



En 1940, el arqueólogo responsable del laboratorio del Museo Estatal de Bagdad publicó un artículo en Austria en el que identificaba aquel objeto con una tosca «batería eléctrica». Posteriormente localizó otros objetos similares, en otros museos, y llegó a la conclusión de que varias de esas baterías, conectadas en serie, podrían haber producido una corriente que los joyeros locales deberían haber utilizado para el electrochapado con oro y plata. No es una tontería: doy fe de que los experimentos realizados para galvanizar piezas de metal utilizando réplicas exactas de las «pilas» de Bagdad arrojaron resultados positivos, lo que podría inquietar a muchos coleccionistas de arte y museos de todo el mundo, ya que la posibilidad de que algunas de las piezas que creen de oro en realidad hubiesen sido galvanizadas es, cuando menos, preocupante, y una buena razón económica para ocultar el descubrimiento. Esta teoría es fascinante y, en realidad, nada conflictiva con nuestro conocimiento de la tecnología del pasado.

En la Biblioteca de Alejandría, a la que más tarde me referiré, se conservaban documentos maravillosos, como la Pneumática o el tratado sobre Autómatas del genial Herón, un Leonardo da Vinci de la antigüedad, donde se exponían conocimientos tecnológicos y científicos mucho más interesantes como la máquina de vapor, y que siempre fueron relegados al divertimento de los gobernantes y no desarrollados en un uso práctico para el bien del pueblo. Y esto es muy importante. Si los gobernantes del pasado, aún más déspotas y tiranos que los actuales, se hubiesen preocupado por el bienestar de su pueblo, en lugar de limitarse a utilizarlos como esclavos, hace siglos que se habrían desarrollado y utilizado principios científicos e inventos, como la máquina de vapor de Herón de Alejandría, la máquina de Antiquitera, y quizá hasta los aerostatos. Si hace miles de años un ser humano con la lucidez de Herón, Imhotep, Da Vinci, Arquímedes, etc., hubiese tenido el apoyo de un rey lúcido para desarrollar esos inventos, sin duda se habría convertido en un dios... Y quizá lo hizo.

La comunidad arqueológica no habría tenido ningún conflicto con las «pilas» de Bagdad, suponiendo que fueran pilas y no otra cosa, hasta que tras la Segunda Guerra Mundial Willard Gray, ingeniero en electrónica del Laboratorio de Alto Voltaje de la General Electric Company, de Pittsfield, Massachusetts, fabricó un duplicado de estas baterías y las llenó con sulfato de cobre en lugar del desconocido electrolito supuestamente usado y del que nunca se halló rastro. La pila funcionó y generó poco más de un voltio. Como lo habría generado, si somos honestos en reconocerlo, cualquier otro objeto que contenga dos metales y un electrolito.

Una de las cosas que aprendí en las clases del laboratorio de electrónica del Instituto Politécnico Nacional, en mi adolescencia, es que cuando dos metales diferentes se ponen en contacto, en presencia de un electrolito, se forma un par galvánico y se genera un flujo de electrones del metal más activo (anódico) al metal más noble (catódico), y ahí se produce electricidad. Por supuesto, tanto la intensidad como la resistencia y el voltaje (la famosa ley de Ohm, que el profesor nos hacía soldar en cables de alambre para memorizarla) dependen de un montón de factores, pero siempre hubo algo que me creó dudas en cuanto a la supuesta utilidad eléctrica de las pilas de Bagdad. Un área catódica de un tamaño tan considerable como la de las pilas de Bagdad puede generar una corrosión acelerada en el ánodo, en este caso unas láminas metálicas bastante frágiles. Imaginemos esas láminas sumergidas en un ácido, como el vinagre o el limón (que los astroarqueólogos suponen los ingredientes utilizados en las «baterías») durante un periodo largo de tiempo. La corrosión las habría hecho desaparecer. Sin embargo han llegado hasta nosotros, desde mucho antes del nacimiento de Jesucristo... Raro, raro, raro.

En 1960 el escéptico Jarvis MacKechnie propuso que en realidad las pilas no eran precristianas, sino que se trataba de un objeto moderno, empleado en los telégrafos durante la segunda mitad del siglo XIX; pero, aun suponiendo que realmente su función fuese la de generar electricidad, el voltaje sería tan pequeño que ese uso parece improbable. Además me parece una falta de respeto para con los arqueólogos iraquíes que las dataron antes de Jesucristo. No es necesario ser irrespetuoso para ser escéptico.

Naturalmente ni los miembros de la AAS, ni por supuesto Krassa y Habeck tenían mis dudas respecto a la condición de pilas otorgada a las vasijas de Bagdad. Dudas que se acrecentarían cuando llegué a la India. Por esa razón, Ancient Skies no dudó un instante en vincular el viejo misterio de las pilas con las recién descubiertas «bombillas» de Dendera. Y si yo había viajado hasta el templo de Hator era, entre otras razones, para poder examinar por mí mismo esa esperanzadora «evidencia» sobre el secreto de los dioses. 


Siguiendo los pasos de Krassa y Habeck llegué al sancta sanctorum de la diosa del amor y me colé en los túneles subterráneos del templo, eludiendo a los vigilantes. Advierto al viajero que lo intente que se trata de un pequeño laberinto, en ocasiones angosto y claustrofóbico. Con la linterna en la boca, la mochila en una mano y mis rollos de papel tela en la otra, exploré todos los túneles que cruzan el subsuelo hasta llegar a la «cripta de las bombillas». Allí pude fotografiarlas a placer, medirlas e incluso calcar un «molde» exacto y preciso del supuesto misterio. Mis amigos egiptólogos harían mejor uso de aquellas «pruebas» que yo.

Sin embargo, si soy sincero, en los pasadizos subterráneos de Dendera hay algo mucho más interesante para mi investigación que las «bombillas»: los pasadizos en sí mismos. Ésta es otra clave, fundamental, para comprender un elemento vital en la religión egipcia y todas las demás: la magia de los sacerdotes del faraón. 



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