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EGIPTO: EL MISTERIO DE LA ESFINGE


Egipto marca la frontera entre el rígido animismo del África negra y el politeísmo feroz de la espiritualidad asiática. Pero además se encuentra en el eje del mundo bíblico. Así que cuando partí hacia El Cairo tenía una larga lista de misterios pendientes en mi cuaderno. Si no podía encontrar en Egipto una pista sólida sobre el secreto de los dioses, ¿dónde hacerlo...?

«Siempre que vueles a Egipto pide asiento de ventanilla —me sugirió un misionero comboniano, que había pasado muchos años en el país del Nilo—. Si estás atento, y tienes un poco de suerte, cuando el avión hace la aproximación para aterrizar en el aeropuerto internacional de El Cairo podrás contemplar durante unos instantes una vista espectacular de la meseta de Giza. Y presidiendo esa espectacular estampa aérea, las pirámides de Micerinos y Kefrén, flanqueando la gran pirámide de Keops. Desde allá arrilerriLmides de Micerinos, Kefrén y Keops, al fondo, en la meseta de Giza. Fernando Ilam2a)ba podrás hacerte una idea de la majestuosidad de la última de las siete maravillas del pasado que continúa en pie». 

Egipto es un mundo en sí mismo. La cuna de una de las civilizaciones más extraordinaria en la historia de la humanidad, que influyó definitivamente en todas las culturas y religiones que la sucedieron. Allí se encuentran muchas de las evidencias que los estudiosos de lo místico y misterioso consideran las pruebas más irrefutables de que lo sobrenatural existe. Así que no había dudas. Esa debería ser mi siguiente etapa en busca del secreto de los dioses. 

Llegué a El Cairo lleno de esperanzas. Tal vez en la tierra de los faraones encontrase las pruebas que ansiaba para conocer las respuestas a las eternas preguntas. Pero al descender del avión la intuición me alertaba contra uno de los mayores riesgos a que se enfrenta un viajero: los turistas. 

El turismo es la principal fuente de ingresos de este país-frontera entre África y Asia. Los últimos atentados de Al Qaeda, al igual que hace unos años las matanzas de turistas en Deir el Bahari, han provocado que el miedo a los terroristas merme la afluencia de turismo al país del Nilo. Así que tengo razones para suponer que pronto se producirán nuevos descubrimientos arqueológicos que demandarán la atención del turismo internacional. Esta es otra clave... 

Tras contactar con mis guías y alojarme en el hotel, dirigí mis pasos directamente a la meseta de Giza. No había tiempo que perder. Había conseguido concertar una cita con Zahi Hawass, la máxima autoridad en todo lo referente a la arqueología egipcia y alguien a quien no se puede entrevistar todos los días. 

Zahi Hawass nació en Dumyat (Delta del Nilo) el 28 de mayo de 1947. Estudió arqueología en Egipto y en los Estados Unidos hasta doctorarse en 1987 en la Universidad de Pennsylvania. Desde 1988 ha ejercido como profesor de arqueología egipcia e historia en la Universidad de El Cairo, en la Universidad Americana en El Cairo y en la Universidad de California. Consultor para documentales y películas sobre Egipto, es autor de varios libros, como Imágenes silenciosas, La mujer en Egipto y Los secretos de la esfinge, aunque su bestséller fue El Valle de las Momias Doradas, traducido a varios idiomas. En la actualidad es el secretario general del Consejo Supremo de Antigüedades Egipcias, y además se ufana de escalar la pirámide de Keops en cuarenta y cinco minutos. Vamos, que nada ni nadie se mueve en la meseta de Giza sin su permiso... O casi nadie. 

Hawass es un tipo muy enérgico. Casi parece malhumorado. Y la verdad es que atemoriza un poco al entrar en su despacho, mientras no deja ni por un momento su frenética actividad. Estrecha mi mano mientras contesta una llamada telefónica de la misión francesa que está excavando en el Valle de los Reyes, y entrega a su secretaria unas fotos de la última radiografía a la momia de Tutankamon. Sólo hay que echar un vistazo a la mesa de trabajo del doctor Hawass para darse cuenta de que en Egipto la arqueología es una actividad intensa. Entre docenas de informes y libros, reconozco algunas fotografías tomadas por los robots que se adentraron por los llamados canales de ventilación de la Gran Pirámide. Cuando señalo las fotos y le pregunto qué espera descubrir allí adentro, su respuesta es un poco críptica 

«Posiblemente detrás de esta puerta se pueda encontrar el Libro de Keops, un libro escrito por el mismísimo faraón Jufú. Alguna hipótesis dice que quizá son los papiros o la documentación de la piramide. Otros dicen que se encontrarán otras cosas disparatadas sobre extraterrestres y temas parecidos. Pero yo creo que puede ser una piedra utilizada para suavizar ese corredor. De todas formas, dentro de muy poco aparecerá el resultado de nuestras excavaciones». 

El doctor Hawass lo tiene claro: las momias de oro en el oasis de Bahariya, las nuevas excavaciones en el Valle de los Reyes o el redescubrimiento de la tumba de Osiris en la meseta de Giza van a continuar dando trabajo a los egiptólogos mucho tiempo:

«Esa tumba de Osiris, por ejemplo, es uno de los descubrimientos más importantes del siglo, porque fue en un pozo que ya era conocido desde hacía mucho tiempo, pero en el que, al reexcavarse, se descubrió la tumba de Osiris. Es una especie de cenotafio, una tumba simbólica, y en el fondo esto no tiene ninguna contradicción con lo que ya sabía la egiptología, ya que uno de los títulos del dios Osiris era "el señor de los túneles subterráneos". Y como señor de los túneles subterráneos, los que están bajo las pirámides son muertos también. Este mismo lugar fue visitado por Herodoto en su visita a Egipto, cuando dijo que él vio el sarcófago de Keops, aunque yo no creo que haya podido verlo realmente...». 

Durante nuestra conversación fue inevitable que una, y otra, y otra vez surgiera el mito de los «dioses» extraterrestres:

«Realmente estamos en una época de la historia en que el mundo está soñando mucho más que razonando. Es una tendencia internacional y humana. Por eso en algunas épocas como ahora aparece una especie de locura de masas. Pero mi función como egiptólogo y como científico es descubrir la verdad. Descubrirla y darla a conocer. Pero si alguien toma mis investigaciones y las utiliza en su propio beneficio yo no puedo impedirlo». 

Comprendo totalmente su planteamiento. Charlamos sobre momias y maldiciones, sobre pirámides y mastabas, sobre templos y dioses, y tampoco fue posible evitar que en la conversación surgiese la atracción irresistible que la meseta de Giza despierta en el mundo esotérico:

«Estaba profetizado por Edgar Cayce, desde los años 30, que en la Esfinge se descubriría una cámara secreta llamada la Sala de los Archivos, y que ese descubrimiento iba a cambiar la historia de la humanidad. [...] Realmente lo que dijo Edgar Cayce no es nada nuevo. De esas supuestas cámaras secretas ya hablaban los viajeros y exploradores árabes del siglo IX. Yo, personalmente, como encargado de la meseta de Giza y como egiptólogo, llevo trabajando doce años en esta zona y no he encontrado nada más que cosas como las tumbas de los obreros, las panaderías donde hacían el pan, los títulos de los altos funcionarios, algunos templos y algunas cosas especiales como la tumba de Kai. Yo, personalmente, pienso que las profecías de Cayce no son más que los sueños del ser humano que busca lo maravilloso pero sin ninguna base científica. El trabajo científico se limita a los hechos, como los descubrimientos arqueológicos que le he comentado, pero en los que no se encuentra ninguna Sala de los Archivos». 

Hawass, sin quererlo, me había servido en bandeja la oportunidad de apelar a su presunta transparencia. Si no había nada que ocultar, no debería tener ningún impedimento en que pudiese echar un vistazo dentro de la Esfinge por mí mismo. Bueno, no fue tan sencillo. Pero tras insistir un par de veces —quizá más—, mi entusiasmo consiguió convencer al todopoderoso director de Giza para permitirme penetrar en uno de los monumentos más antiguos del mundo. Ojalá quienes mantienen teorías heterodoxas sobre el pasado fuesen tan abiertos y transparentes como lo fue Hawass conmigo. Desde el despacho del director arqueológico de Giza partí hacia el templo de la Esfinge, tan ilusionado como un niño con zapatos nuevos. Con mi salvoconducto en una mano y la mochila en la otra, atravesé el cordón de seguridad que limita el acceso de los turistas al mirador elevado que rodea la Esfinge y bajé hasta las patas del monumento.

Es algo casi. obsceno, pero me regocijé en la experiencia de poder tocar, oler y analizar a placer todos los detalles de aquel monumento, tan antiguo como la historia, que hasta ese día sólo había podido examinar a través de fotografías. Arriba, en el mirador, y detrás de las vallas de seguridad, algunos turistas rezagados de sus autobuses me observaban con envidia. Supongo que en esos instantes me sentía un tipo privilegiado. Y más aún cuando pude rodear el monumento, hasta la parte trasera de la Esfinge, donde un orificio en su base se abre camino en el subsuelo de la meseta. Saboreé el momento.

Por fin saqué la linterna y la cámara de fotos de la mochila, y me dejé caer a través de aquel agujero que se adentraba en la Esfinge. Y la decepción no podía ser mayor. Está claro que allí dentro no había ninguna cámara secreta, ninguna biblioteca atlante ni ningún corredor hasta el interior de la Gran Pirámide. Y si los hubo algún día, no han dejado ni el menor rastro. Supongo que habrá quien diga que la Esfinge es muy grande —y es verdad—, y que quizá la cámara secreta está en otro lugar. Pero no está en mi mano confirmar o rebatir esa conjetura.

Lo que yo vi dentro de la Esfinge se parecía más a un depósito de herramientas o de escombros que a una magnífica biblioteca con los textos secretos de la humanidad. Estaba claro que, más allá de una anécdota de viajero que contar a mis nietos, mi pequeña aventura en el interior de la Esfinge de Giza no me iba a aportar ninguna pista sobre el secreto de los dioses. Además, me había entrado polvo hasta las orejas. Necesitaba una ducha y algo de comer...

© Carballal, 2005





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