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¿QUIÉN FUÉ CARLOS CASTANEDA?

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MARÍA REICHE: INVESTIGACIÓN DE LAS LÍNEAS DE NAZCA



A menos de diez Minutos en colectivo desde Nazca podemos visitar la casa-museo de la doctora María Reiche. Sinceramente recomiendo esta visita a todos los viajeros que se sientan tan fascinados por el enigma de las líneas como yo. 



En esta humilde morada vivió, murió y reposa la Dama de Nazca. Y es el mejor lugar del mundo para familiarizarse con el trabajo de esta singular mujer. 

María Reiche-Grosse nació el 15 de mayo en 1903 como primera hija del consejero del juzgado municipal, Felix Reiche-Grosse, y Elisabeth, en Dresde. Durante su infancia vivió junto con sus hermanos menores Renate y Franz en la Zittauer Strafße. Ya por entonces, en el jardín de su casa, nació su interés por las ciencias naturales. A la edad de trece años María estudió ea el instituto municipal de la Weintrauben Stralße. Años más tarde se acordaría agradecida de esta escuela: 

«Mis ancianos profesores jamás me perdonarían en el cielo si me olvidara de aquellos tiempos. La base de los resultados de mi trabajo actual se encuentran en aquella educación...». 

En 1924 María Reiche se inscribió en la Universidad Técnica de Dresde. Durante dos semestres continuó sus estudios en Hamburgo. En 1928 aprobó el examen superior de magisterio en las asignaturas de Matemáticas, Física, Filosofía, Pedagogía y Geografía.

Después de eso María sufrió un periodo de incertidumbre. Sólo consiguió empleos temporales. Además, Hitler triunfó en Alemania y la redirigió hacia el nacionalsocialismo. Y ante el cataclismo que se avecinaba en Europa, María decidió enviar su currículo al cónsul alemán en Cuzco, que buscaba una institutriz. Fue elegida entre ochenta candidatas y en febrero de 1932 llegó a Perú llena de expectativas. 

En 1946, a ruego de Paul Kossok, María Reiche empezó a trabajar en el altiplano. Ella también estaba convencida de que el conjunto tenía un significado astronómico y de que se trataba de un calendario enorme. Eso concordaría con crónicas españolas del siglo XVI según las cuales los peruanos poseían un calendario basado en precisas observaciones estelares.

María Reiche tenía sólo nueve dedos. Había perdido el medio de la mano izquierda en un accidente. Era algo que tenía en común con el dibujo del mono, o con el grabado de las manos, en la llanura de Nazca, así que parecía cosa del destino. Y desde que llegó a la pampa, la doctora Reiche se levantaba antes del amanecer, a las cinco, «para poder ganarle al sol», y caminaba en soledad entre cinco y seis kilómetros diarios para realizar sus investigaciones.

Hablaba cinco idiomas (alemán, francés, español, inglés e italiano), y era doctora en Matemáticas, Física, Geografía y Pedagogía, pero renunció a un puesto mejor y vivió casi catorce años en la misma pampa, prácticamente sobre las piedras. Su dieta era muy frugal: fruta, pan integral, limones, chancaca (extracto de caña de azúcar, considerado un manjar en Perú), chocolate... Y así sobrevivió durante años, entregada a un sueño.

En sus primeros años en la pampa, no tenía luz ni agua y se bañaba en el río Ingenio, al sur de la ciudad de Nazca, como ella misma cuenta. Según su hija adoptiva y heredera cultural, Ana María Cogorno, María sí se enamoró, «y su gran amor eran las líneas y figuras desde Palpa hasta Nazca». Sin embargo, las malas lenguas afirman que lo estuvo de Paul Kossok, casado y con hijos.

María Reiche, como Kossok, captó en muchas de las figuras de Nazca la relación de éstas con diferentes grupos de estrellas: de ese modo identificó el «mono» con la constelación del Escorpión, la «araña» con la del Navío, mientras que la del «triángulo» estaría relacionada con el Can Mayor. Por otra parte, se ha creído ver en el «ave fragata» una señalización al hemisferio norte de la bóveda celeste.

En su casa-museo se conservan sus primeros dibujos, cartas y planos, realizados con un esfuerzo ímprobo, subiéndose a una alta escalera, o al techo de su destartalada furgoneta, que también se conservan en su casa-museo, durante agotadoras jornadas de trabajo bajo el insensible sol del desierto peruano. Allí está su antigua máquina de escribir, con la que redactó su voluminoso ensayo Contribuciones a la Geometría y Astronomía en el Antiguo Perú (Epígrafe Editores, 1993): medio millar de páginas rebosantes de datos que mucho me costó conseguir en las librerías de Miraflores. Y allí estaba también la vieja escoba con la que limpiaba personalmente las líneas, recorriendo kilómetros y kilómetros, como una sufrida Cenicienta de la ciencia.

Sin duda su trabajo fue fundamental para que las líneas de Nazca fuesen por fin consideradas por la Unesco Patrimonio Cultural de la Humanidad en 1994. María Reiche ha sido la protagonista absoluta de Nazca durante décadas. Pero en 1975 apareció en esta historia un personaje sorprendente: Jim Woodman, destacado miembro de la Internacional Explorer's Society. La IES es una asociación privada de investigación con sede en Coral Gables (Florida), y Woodman, uno de sus componentes más audaces, llegó a Perú dispuesto a resolver de una vez por todas el misterio de Nazca.

Woodman es un tipo intrépido, y ofreció una interpretación totalmente distinta a algunos elementos de este misterio. ¿Y si los nazca y los paracas utilizaban sus enormes telares con otra intención? ¿Y si los hoyos negruzcos que salpican la llanura de Nazca fuesen restos de hogueras que podrían tener otro uso que el meramente calorífico? El visionario aventurero vio en aquellos agujeros negruzcos los quemadores destinados a calentar el aire de grandes globos aerostáticos, construidos con los grandes telares de Paracas. Casi nada.

Concentrando su interés en las tumbas de los nazca no profanadas por los huaqueros, los colaboradores de la IES encontraron tejidos especialmente ligeros y resistentes, más livianos e impermeables incluso que los que utilizamos los paracaidistas. Cuatro de aquellas muestras provenían de sepulturas particulares de Cahuachi, y otras dos eran tejidos con los que los nazca habían confeccionado vestimentas ceremoniales. Woodman entregó aquellos tejidos para su análisis a la Sioux Falls, la empresa más importante del mundo especializada en la fabricación de aerostatos, con sede en Florida.

Los resultados de los análisis, firmados por los laboratorios Rayen, fueron asombrosos. Mientras que esta empresa, la más moderna del mundo, fabricaba sus aerostatos con materiales textiles de sesenta y cinco por treinta y cinco hebras por centímetro cuadrado, los tejidos de algodón de los nazca eran mucho más densos, con setenta y cinco por cuarenta hebras por centímetro cuadrado, e incluso en una de las vestimentas ceremoniales se llegaba a una densidad de ochenta por cuarenta y cinco hebras por centímetro cuadrado. En otras palabras, con aquel tejido se podía confeccionar perfectamente un globo aerostático. Ahora había que demostrarlo.

Los dibujos de algunas cerámicas de los nazca terminaron por convencer a los aventureros de la IES de que los antiguos habitantes del desierto peruano habían desarrollado algún tipo de aerostato y se propusieron probarlo experimentalmente. Para ello construyeron un globo de fibra de algodón, de veinticinco metros de altura por otros veinticinco de ancho, utilizando solamente materiales indígenas: telares, cuerdas, etc.

La forma del globo era tetraédrica, la más sencilla, que «casualmente» resulta similar a las torres vimanas de los Vedas: en este caso una pirámide invertida. Utilizaron las cuerdas, telas, grasas aislantes y demás materiales que estaban al alcance de los antiguos nazca. Así nació el Cóndor I, y en homenaje a los antiguos nazca el artista Tommy Thomson dibujó en la superficie tetraédrica del globo el mismo cóndor que aparece en las líneas de Nazca.

Emulando al explorador Thor Heyerdahl, construyeron la canastilla del Cóndor I en forma de góndola, utilizando totora del lago Titicaca, el mismo material que usaron para construir sus navíos tanto Heyerdahl como después el aventurero español Kitín Muñoz. Ambos surcaron el mar para demostrar, a través de un experimento práctico, su teoría sobre la conexión entre las culturas del Pacifico. Woodman lo haría surcando el cielo de Nazca.

Con esta hipótesis, tan audaz como factible, el americano ofrecía una alternativa para explicar por qué las lineas de Nazca sólo pueden contemplarse totalmente desde el aire. Y al mismo tiempo creaban un vínculo teórico entre Nazca y los relatos sobre hipotéticos aerostatos descritos, en mi opinión, en otras tradiciones tan alejadas en el espacio y el tiempo como la literatura hindú y sus vimanas.

Pero lo bueno que tienen los aventureros, a diferencia de otros especuladores, es que están dispuestos a jugarse el tipo para demostrar sus hipótesis. Es fácil sacarse teorías y conjeturas de la manga. Lo difícil es estar dispuesto a arriesgar la propia vida por comprobarlas. Así que el 23 de noviembre de 1975 la llanura de Nazca fue testigo de un insólito episodio en la historia de la aviación aerostática.

Jim Woodman, que es intrépido pero no imbécil, escogió como copiloto al británico Julian Nott, un aeronauta experimentado que había batido el récord mundial de altura a bordo de un aerostato. Además, se equiparon con dos paracaídas como medida de precaución. Evidentemente con una campana de apertura rápida, ya que los paracaídas normales, que conozco lo suficientemente bien, no les habrían salvado la vida en esas circunstancias. Y ante los asombrados testigos, el vimana se elevó, ascendiendo hasta los ciento treinta metros de altura. Aunque el aterrizaje fue un poco más brusco de lo previsto, lo que a mi juicio da más valor a la audacia de Woodman, el globo de los nazca voló.

Las fotos que tomaron durante su ascensión Nott y Woodman tal vez representan exactamente lo mismo que vieron los arquitectos que diseñaron los dibujos de Nazca. O tal vez no. Es imposible saber, al menos por el momento, si los nazca u otras civilizaciones del pasado utilizaron globos aerostáticos. Pero lo que sí demostraron Nott y Woodman es que pudieron haberlo hecho. Y creo que es mucho más razonable plantearse la hipótesis aerostática que la extraterrestre. Incluso la hipótesis del paraceiling que me adelantaba el piloto de Aerocóndor.

Después de la exhibición de Nazca, en 1975, el globo tetraédrico volvió a surcar los cielos en muchas ocasiones. Adaptado ya a las nuevas tecnologías aerostáticas, esto es, con una cómoda barquilla, quemadores y mandos modernos y nuevos materiales en la envoltura, su particular forma de pirámide invertida fue el centro de atención en festivales internacionales de aerostatos como los de Albuquerque, Lancaster, Nueva York, Muncie, Jackson, etc., en 2004 y 2005. Y presumo que continuará viéndose en los próximos años.

Sin embargo, María Reiche tendría que esperar todavía dos lustros para sobrevolar sus amadas líneas, quizá como lo hicieron sus diseñadores. Porque en 1986, y con ochenta y seis años de edad en ese momento, la doctora Reiche sobrevoló Nazca en aerostato por primera vez. Un equipo español de la desgraciadamente desaparecida revista Aventura, que realizaba un viaje en globo por Perú, la invitó a recorrer la llanura de Nazca a bordo de su particular aeronave, y la doctora naturalmente aceptó. Antes las había sobrevolado en avión y en helicóptero, y tal vez en esa ocasión, sólo en aquel vuelo en globo, pudo sentir lo que sintieron sus diseñadores.

No existe ninguna imposibilidad técnica o física para que los antiguos nazca hubiesen podido volar. Lo único que habrían necesitado es haber contado con un Herón de Alejandría, con un Imhotep, con un Da Vinci o simplemente con un padre Bartolomeu propio que se hubiese percatado alguna noche, al calor del fuego, de que el aire caliente asciende.

¿Es absurdo pensar que la cultura que construyó Machu Picchu, que realizó operaciones de trepanación con éxito y que creó las lineas de Nazca pudiese contar con un observador tan perspicaz? Yo no lo sé. Tal vez sea todo mucho más sencillo, y pueda resumirse en una anécdota que me relató mi colega, el piloto de Aerocóndor:

«Una vez estaba dando una conferencia en México, en la UNAM, y una niña, María Paz, de doce años, me dio una respuesta que nunca se nos había ocurrido. Me dijo: "Doctor, los antiguos nazca no tenían que ver las líneas cuando estaban vivos, sino que cuando morían, y su espíritu subía al cielo, es cuando veían lo que habían hecho..."». 

María Reiche falleció el 6 de junio de 1998. Tal vez ella tenga ya las respuestas. 

© Carballal, 2005
El Secreto de los Dioses. Martínez Roca Ediciones.


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