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EL SECRETO PARA ABLANDAR LAS PIEDRAS


El tamaño de algunas de las piedras es descomunal. Mucho mayor que los bloques de la Gran Pirámide de Keops. Pero eso no es todo. En Sacsayhuamán, como en 0llantaytambo, Cuzco o Machu Picchu, pude fotografiar algunos bloques que habían sido retirados, probablemente para utilizarlos en construcciones modernas. Y al quedar al descubierto el bloque inferior, mostraban protuberancias que encajaban en un orificio de la pieza superior. En el caso del bloque «hembra» no hay demasiado problema, ya que basta con horadar el agujero para encajar la protuberancia del inferior; pero en el caso del bloque «macho», toda la superficie de la piedra fue rebajada para que destacase solamente esa protuberancia que había de encajar en el agujero de la superior. A eso debemos añadir las formas caprichosas, totalmente irregulares, que en algunos bloques alcanzan hasta doce aristas distintas. Eso implica que el resto de las piedras, de varias toneladas de peso, debían ser modeladas para encajar con esas aristas irregulares de los bloques anteriores. Todo eso implica un esfuerzo descomunal.

Para más sorpresa, en Perú me encontré exactamente los mismos agujeros en la piedra, fruto de supuestos taladros, idénticos a los que vi en Egipto, y que han hecho correr ríos de tinta y audaces teorías sobre supuestas tecnologías imposibles. La idea más recurrente es que los egipcios poseían una forma de ablandar la piedra para cortarla y modelarla con más facilidad. Justo es reconocer que, a principios del siglo XXI, Joseph Davidovits reprodujo experimentalmente su hipótesis fabricando piedra artificial en Giza utilizando materiales de la época. Davidovits no demostró que se hubiese hecho así, sino que podría haberse hecho así. Según su planteamiento teórico, haría falta un molde por cada uno de los bloques diferentes de la Gran Pirámide. Pero ¿y en Perú?

Han sido muchos los aventureros, exploradores, etnólogos y por supuesto misioneros católicos que han oído hablar del mismo rumor. Según diferentes fuentes, los antiguos indígenas conocían una forma de ablandar la piedra. Y sin ayuda sobrehumana. El padre Diego Rosales (Madrid, 1601-Santiago de Chile, 1677), por ejemplo. Cursó sus estudios en su ciudad natal e ingresó en la Compañía de Jesús. Llegó a Chile en 1629, cuando aún no había tomado los votos, y fue destinado a la plaza de Arauco. En 1640 fue ordenado sacerdote en Santiago. En 1650, el gobernador Antonio Acuña y Cabrera le encargó realizar un reconocimiento de las tribus pehuenche hasta Villarrica y en otro viaje llegó hasta Nahuelhuapi. Durante el levantamiento general de 1655 permaneció en Boroa, reducto español que fue largamente sitiado por los mapuches hasta enero de 1656, cuando se decidió despoblarlo.

Rosales fue uno de los primeros cronistas de la región, y en su libro Historia General del Reino de Chile ya menciona a un pájaro, llamado «pito» por los mapuches, que utiliza una planta a la que da nombre para ablandar las rocas donde quiere hacer sus nidos. La planta, pulverizada, dice el jesuita, puede llegar a disolver el hierro. «Algunos presos han usado esta propiedad de la planta para huir de la prisión.»

El conocido folclorista chileno Oreste Plath, en su "El lenguaje de los pájaros chilenos", escribe:

«Botánicos analizan la planta kechuca, que produce un jugo que hace gelatina las piedras. Abunda allá en el Perú, Cuzco, por encima de los cuatro mil quinientos metros». 

Y ciertamente, entre los indios peruanos se conoce tanto una variedad de pájaro carpintero llamado pito como la llamada «hierba del Pitu», utilizada por éste para confeccionar sus nidos en las paredes rocosas que el ave taladraría, utilizando la savia de la planta como si fuese una especie de ácido. El ilustre explorador y aventurero Percy H. Fawcett, uno de los pilares de la National Geographic Society, probablemente la organización de divulgación geográfica y científica más importante del mundo, recoge en una de sus crónicas de viaje por Perú el relato que le hizo uno de los miembros de la expedición de Yale que descubrió Machu Picchu. Según Fawcett, su amigo había participado en el descubrimiento de una tumba inca en el Cerro del Pasto, a cuatro mil metros de altura, con otros exploradores americanos. En la tumba encontraron una vasija con un líquido oscuro, que terminó cayendo al suelo y rompiéndose, derramando su contenido sobre la piedra:

«Aproximadamente diez minutos después yo me agaché sobre la piedra [...]. La vasija entera donde había estado el líquido y la piedra bajo ella eran tan suaves como el cemento fresco. Era como si la piedra se hubiera fundido como la cera bajo la influencia del calor...». 

El más célebre amazonólogo de National Geographic insiste en su obra Exploration Fawcett (Londres, 1954) con más relatos sobre esta leyenda indígena. Añadiendo, incluso, testimonios recogidos por él mismo sobre los nidos realizados en la roca por ese tipo de pájaro carpintero mencionado por los mapuches:

«He visto los pájaros entrar al precipicio con las hojas de alguna clase de planta en sus picos; estas aves se aferran a la piedra como lo hacen a un árbol, mientras frotan las hojas en un movimiento redondo encima de la superficie de la roca. Entonces salieron volando y regresaron con más hojas, y continuaron con el proceso frotante. Después de tres o cuatro repeticiones, dejaron caer las hojas y empezaron a besar la piedra con sus picos afilados, y —aquí está la parte maravillosa— las aves pronto abrieron un hueco redondo en la piedra». 

No es el único relato de Fawcett al respecto: hay más. Hiram Bingham, el descubridor de Machu Picchu, también escuchó relatos sobre el insólito pájaro y la planta desconocida que utilizaba para ablandar la piedra. Incluso tuvo una anécdota personal. Al parecer, un día, mientras acampaba por un río rocoso, observó un pájaro parado sobre una roca que tenía una hoja en su pico. Vio cómo el ave depositó la hoja sobre la piedra y la picoteó. El pájaro volvió al día siguiente. Para entonces se había formado una concavidad donde antes estaba la hoja, que el ave utilizaba como «taza» para coger y beber las aguas que salpicaban del río. (?)

En lo que fue territorio mapuche, al sur de Perú, oeste de Argentina y Chile, también existe la leyenda del pájaro pitiwe. Según el heterodoxo antropólogo argentino de origen mapuche Aukanaw, el pitiwe es conocido como p'chiu, pitu o pitiwe entre los mapuches, yarakaka entre los aimaras y akkakllu entre los quechuas. Y según los indígenas, utiliza un pequeño arbusto que, exprimido, le permite horadar la roca. Sin embargo la confusión de nombres en las distintas lenguas precolombinas ha creado una gran confusión en torno a cuál es la variedad de pájaro carpintero que, supuestamente, trabaja la piedra.

Perú es un país de enorme variedad ornitológica. Más de mil setecientas especies, distribuidas en quinientos ochenta y siete géneros, ochenta y ocho familias y veinte órdenes, según O'Neil (1992). Aquí habitan ciento once especies endémicas de aves, seis de las cuales no poseen distribución en los Andes. En 1840 el naturalista francés Alcides D'Orbigny clasificó la variante de pájaro carpintero Colapses rupicola del Colapses pitius, dándole dicho nombre por su costumbre de anidar en las rocas. El pájaro carpintero pertenece a la familia Picidae, del orden de los piciformes, de las que se conocen más de doscientas doce especies distribuidas por cuatro continentes. Egipto inclusive.

En cuanto a la planta secreta utilizada por el ave, también han existido muchas discrepancias, al menos hasta que apareció en escena otro de esos sacerdotes católicos tan audaces como solidarios con los indígenas, que afirmó haber descifrado el secreto. Jorge A. Lira Prieto nació en el mismo Cuzco. Hizo sus primeros estudios en el colegio Pestalozi de su ciudad natal y la secundaria en el colegio San Francisco de Arequipa, ya que provenía de una familia notable. Sus padres, don Maximiliano Lira Ladrón de Guevara y doña Antonia Prieto Flores de Oliva de Lira, eran unos acomodados terratenientes, y ya desde muy niño el pequeño Jorge no entendía por qué cuando llegaban humildes indígenas a la casa tenían que entrar por otra puerta y recibían un trato diferente. Probablemente ahí nació su vocación de servicio, y por eso comenzó a estudiar filosofía y teología. Pero también historia, sociología, arqueología, latín, griego, etc. Y fascinado por la cultura indígena comenzó a recopilar todas las voces quechuas, traduciéndolas al castellano. Fruto de un enorme trabajo de campo, evitando consultar fuentes que estuviesen viciadas, en 1932 publicó su famoso diccionario quechua-español, que fue reeditado en 1945 y 1982, lo que demuestra su total vigencia.

Jorge Lira se ordenó sacerdote en 1936, e inmediatamente comenzó su trabajo como profesor del colegio nacional Mateo Pumacahua, en Sicuani, y al mismo tiempo como vicario cooperador de la provincia de Canchas. Con el paso de los años sería párroco en los distritos de Kaykay-Paucartambo, Cuzco, Lamay y Coya, Limatambo-Anta, etc., y canónigo de la basílica catedral del Cuzco, al parecer siempre destacando por su enorme compromiso social con los indígenas.

«Si pensar lo que pienso y creer lo que creo es ser socialista o comunista, como dicen, Cristo en la tierra fue el primer comu-nista», decía el padre Lira, que tenía más detractores en el clero y más seguidores en el pueblo que la mayoría de los sacerdotes de su tiempo. Tanto es así que entre 1946 y 1949 ganó la alcaldía de los distritos de Marangani y de Andahuaylillas, en las provincias de Canchis y Quispicanchis, respectivamente, lugares donde impulsó la obra social. En 1954 se dejó reclutar, junto con su compañero de diócesis Salomón Bolo Hidalgo, para la fundación de un partido en pro de los derechos indígenas, y así se creó, el 24 de junio de ese año, festividad del Inti Raymi, el Partido Nacional Indígena. En su primer mitin una multitud de indígenas subía por la avenida del Sol de Cuzco, rumbo a la plaza de Armas, cantando una consigna que empezaba diciendo: «Con Bolo, Pando y Lira...».

A mediados de los 40 viajó a Argentina en calidad de invitado de honor de la Universidad Nacional de Tucumán, visitando varias ciudades donde dio charlas y conferencias. Finalmente la universidad reeditó su diccionario. Pero el padre Lira, que era un espíritu inquieto, aprovechó la estancia en Argentina para ampliar sus investigaciones a otras lenguas precolombinas. De allí pasó a Bolivia, donde estudió el aymara, haciendo interesantes descubrimientos lingüísticos.

Gran devoto de la Virgen de Fátima, como Juan Pablo II, llegó a entronizar una imagen de tres metros de la aparición portuguesa en Valle Sagrado, pero sin que su faceta de sacerdote eclipsase a la de investigador. De hecho fue lingüista del Instituto de Estudios Andinos del Museo de la Cultura Peruana en Lima, miembro de número de la Academia Mayor de la Lengua Quechua en Cuzco, de la Sociedad Peruana de Folclore, presidente del Círculo Filatélico de Cuzco, corresponsal del diario La Crónica en Lima, y hasta participó en varios congresos internacionales como miembro del Instituto Indigenista Peruano.

Junto con su célebre diccionario, dejó una extensa bibliografía: Magnolia roja, Farmacopea tradicional indígena y Prácticas rituales, Canto de amor bilingüe, Himnos sagrados de los Andes, La mujer andina y la Biblia, etc. Desgraciadamente falleció el 2 de diciembre de 1984, cuando varias de sus obras, como Diccionario popular de cusqueiiismos o Diccionario onomástico tawantinsuyano, aún estaban siendo escritas.

Todavía hoy, en Tucumán (Argentina), se mantiene el Centro de Estudios Quechuas Padre Jorge A. Lira. Su actual director es don Ernesto Damián Sánchez Ance. Con estas breves notas biográficas quiero dejar claro que el padre Jorge Lira no era un cualquiera. No sólo era una eminencia como intelectual y un sacerdote de intachable sensibilidad social, sino que era un amigo de los indígenas. Y quizá por esa razón el padre Lira pudo acceder a donde nadie antes había podido. Al secreto.

Como he expuesto, muchos viajeros y aventureros conocían la leyenda según la cual los dioses habrían hecho dos regalos a los indios para que pudiesen construir colosales obras arquitectónicas como la fortaleza de Sacsayhuamán o Machu Picchu. Según el padre Lira, dicho regalo se trataría en realidad de dos plantas con sorprendentes propiedades. La hoja de coca sería una de ellas, capaz de anestesiar el dolor y el agotamiento de los obreros, que podrían resistir así el gigantesco esfuerzo físico que debió exigirles tan extraordinarias construcciones. La segunda sería otra planta que, mezclada con diversos componentes, convertiría las rocas más duras en ligeras pastas fácilmente manipulables.

Durante catorce años el padre Lira estudió la leyenda de los antiguos andinos y, finalmente, consiguió identificar el arbusto que denomina jotcha con la planta que, tras ser mezclada y tratada con otros vegetales y sustancias, era capaz de convertir la piedra en barro. «Los antiguos indios domi-naban la técnica de la masificación —afirma el padre Lira en uno de sus artículos—, reblandeciendo la piedra, que reducían a una masa blanda que podían moldear con facilidad».

El sacerdote realizó varios experimentos con el arbusto de la jotcha y llegó a conseguir que una sólida roca se ablandase hasta casi licuarse. Sin embargo, no logró volver a endurecerla, por lo que consideró su experimento como un fracaso. Sin embargo su experimento, como el de Davidovits en Egipto, demuestra que es posible. Sin necesidad de sofisticadas tecnologías. Igual que un veneno de origen animal, la tetradotoxina, es convertido en polvo zombi, e igual que la mágica hoja de coca es capaz de multiplicar nuestra energía en el agotador altiplano, los indígenas de Perú custodian otro secreto de la naturaleza.

Mientras, los occidentales preferimos despreciar sus conocimientos tradicionales y justificar las maravillas arquitectónicas que construyeron con «dioses» tecnológicos llegados del espacio y, por supuesto, blancos.

Antes de abandonar Perú aún tenía que conocer personalmente otra planta secreta de los chamanes andinos, otra fórmula mágica que ha pasado de generación en generación durante siglos, y que ahora estoy convencido de que puede explicar muchos enigmas arqueológicos. 


© Carballal, 2005




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