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EL RETORNO DE LOS HIJOS DEL SOL




Posiblemente el mejor ejemplo del retorno esperado de los dioses sea la llegada de los españoles a América, hace ya quinientos años. Todos los cronistas e historiadores coinciden en el profundo enigma que supone la invasión de América por los conquistadores europeos. Infinitamente menores en número, en un terreno desconocido y las más de las veces hostil, los conquistadores españoles pudieron internarse en los límites territoriales indios de forma inverosímil. La respuesta está en el mito del retorno de los dioses esperados. 

"Nos saludaron como si llegásemos del cielo", escribió el propio almirante Cristóbal Colón (1451-1506) en su cuaderno de navegación tras el desembarco en una de las islas Bahamas. Sus continuadores, Hernán Cortés (1485-1547) y Francisco Pizarro (1478-1541) se aprovecharon descaradamente de ese yerro palmario, de ese dogma religioso de incas y aztecas. 

Efectivamente, los indios aguardaban el regreso prometido de Quetzalcoátl, "La Serpiente Emplumada", cuando arribaron a sus costas los navíos españoles. 

Aún hoy persisten antiguas canciones quéchuas que rememoran la leyenda: 

"¡Oh grandes padres! 
que después de haber sembrado frutos escogidos, 
sobre un planeta árido e inculto, 
nos habéis abandonado como flores sin rocío... 

¡Guardianes de una tierra en crecimiento!
llegue hasta vosotros este canto de espera y dolor... 

Las mieses ya están maduras, 
los árboles han crecido y producido en abundancia... 
Nuestro deber ha terminado. 

Los hijos de nuestros hijos, 
nacidos en el surco de una tierra extranjera, 
olvidarán —pudiera ser— vuestra promesa. 

Pero nosotros, fruto de la sabiduría llegada del Cielo, 
no hemos borrado de la mente el rostro de los padres, 
y cada día y cada noche que este planeta concede, 
escrutamos atentos las nubes, 
esperando veros volver sobre los carros de fuego 
a recoger lo que habéis dejado".

Como en esta canción, en otras muchas persistía la esperanza del retorno de los dioses; y no es por tanto sorprendente que ya en las crónicas de indias, de Fray Bartolomé de las Casas, por citar un ejemplo, nos encontrásemos anotaciones tan sustanciosas como las siguientes: 

Domingo 14 de Octubre de 1492: 

(...) Otros, cuando veían que yo curaba de ir a tierra, se echaban a la mar y nadando venían, y entendíamos que nos preguntaban si éramos venidos del cielo; y vino uno viejo en el batel dentro, y otros a voces grandes llamaban todos hombres y mujeres; venid a ver los hombres que vinieron del cielo; traedles de comer y beber". 

Martes 6 de Noviembre de 1492: 

(...) Dijeron que los habían recibido con gran solemnidad según su costumbre, y todos así hombres como mujeres los venían a ver, y aposentáronlos en las mejores casas; los cuales los tocaban y les besaban las manos y los pies, maravillándose y creyendo que venían del cielo". 

Y es que aztecas, incas y demás culturas precolombinas esperaban desde antaño el retorno de Quetzalcoátl, Kukulcán para los mayas, Viracocha... 

De esta circunstancia, en una "sincronicidad" que algunos autores como Faber-Kaiser calificarían de "programada", se beneficiaron especialmente conquistadores como Hernán Cortés. 

Las inexplicables victorias de Cortés sobre los indios se dieron, probablemente, por tres factores fundamentales. El emblema que portaba el conquistador español, y más concretamente sus religiosos, era la cruz, símbolo conocido ya por los indios y relacionado con la Serpiente Emplumada; los soldados españoles eran además de piel blanca y barbudos, como los dioses reflejados en la mitología precolombina; y, además, Hernán Cortés desembarcó en América en 1519, el año 1 Acatl, año consagrado a Quetzalcoátl. 

Ante tales circunstancias, no es extraño que los invasores, en lugar de encontrarse resistencia armada, se topasen las puertas abiertas y la hospitalidad indígena. Esta "consentida" invasión está fielmente reflejada en la obra Inca; las alas rotas del cóndor. 

Pronto, pueblos enteros, como los tlaxcaltecas, por boca de su más anciano y mayor autoridad, Mexicatzin, reconocieron a los extranjeros como "teules" (casi dioses), Hijos del Sol llegados de Oriente, como se anunciaba en la profecía. 

Mexicatzin, según recogen los cronistas de Indias, había sido categórico con respecto a los españoles: 

"Bien sabéis, nobles y valerosos tlaxcaltecas, que fue revelado a nuestros sacerdotes en los primeros siglos de nuestra antigüedad, y se tiene hoy entre nosotros como punto de religión, que ha de venir a este mundo que habitamos una gente invencible de las religiones orientales, con tanto dominio sobre los elementos que fundará ciudades movibles sobre las aguas, sirviéndose del fuego y del aire para sujetar la tierra; y aunque esta es gente de juicio, no se crea que han de ser dioses vivos... Nos dice la misma tradición que serán unos hombres celestiales, tan valerosos que valdrán uno por mil, y tan benignos que tratarán sólo de que vivamos según razón y justicia... y si volvemos los ojos a esos cometas y señales en el cielo, que repetidamente nos asombran, parece que nos hablan al cuidado, y vienen como avisos o mensajeros de esa gran novedad..." 

Por desgracia, Mexitcazin se equivocaba. Los españoles nada tenían de "celestial", ni sus intenciones (o al menos el fruto de la conquista) eran "según razón y justicia". Sólo unos pocos "escépticos" reflexionaron razonablemente sobre la posibilidad de que los extranjeros no fuesen los dioses prometidos, sino, más bien, una especie de terribles "demonios" ambiciosos. 

El famoso guerrero Xicotencatl fue una de esas voces escépticas que clamó en el desierto. "¿Que seguridad tenemos de que sean nuestros prometidos estos extranjeros?"

Con toda razón, y al parecer escasa elocuencia, Xicotencatl planteó a sus compatriotas que las grandes embarcaciones y las armas de fuego eran obra de la industria humana, nada divino, y que sólo las admiraban por no haberlas visto antes. 

No eran los Hijos del Sol aquellos extranjeros de relucientes armaduras, sino más bien:

"Monstruos que roban nuestros pueblos, viven al arbitrio de su antojo, sedientos del oro y la plata, y dados a las delicias de la tierra; desprecian nuestras leyes, intentan novedades peligrosas en la justicia, y en la religión; destruyen los templos, despedazan las aras y blasfeman de los dioses". 

Por desgracia, las palabras de Xicotencatl no fueron oídas, y cuando los indígenas se percataron de que los españoles nada tenían de dioses venidos del cielo, ni guardaban relación alguna con Quetzalcoátl, era ya demasiado tarde. 

Los dioses americanos muchos siglos antes de la llegada de los españoles dejaron un abundante y sugerente legado de su paso por el nuevo continente. Los españoles se encontraron con unos restos espectaculares. 

Los dioses que dieron pie a los primeros cultos de la Humanidad fueron, sencillamente, divinidades intermedias, seres inteligentes sin ningún atributo expresamente divino. 




© Carballal,1991

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